Feliz San Jordi

 

De donde vienes que me arrebatas

Qué fuego quema mis entrañas? 

Tus manos recorren mi cuerpo

Y el aliento

De sentirme viva

Cuando despierto. 

A todas las mujeres valientes que sienten la vida. 

Diario de un naufrago al 23 de Abril de 2021. Segundo año de la pandemia

DESTRUYENDO LOS JARRONES DE CRISTAL

 Te ruego leas con detenimiento este parrafo. esta exttraido de un libro para mi interesante y exclarecedor. EL INFINITO EN UN JUNCO. su autora Irene Vallejo

La vida no sólo es poesía, que también. Los cuentos no siempre terminan bien. El lobo existe, pero a veces el inocente corderito se convierte en su mayor depredador. La princesa no despertó de su letargo porque el príncipe erró su camino y nunca apareció. A lo peor caperucita, no era tan roja ni tan servicial.

La vida es la que es y la naturaleza, aunque bella es salvaje y algunas veces cruel. No podemos ni tenemos derecho a ocultar estas verdades en la educación de nuestros hijos. De lo contrario correremos el riesgo de educarles en una ampolla de cristal que a nuestros ojos les preservara de los males de una sociedad que no nos gusta.

Nada mas lejos de la realidad. Un día tendrán que enfrentar la vida, su jarrón de cristal se hará añicos y lo peor, no habrán desarrollado las herramientas necesarias par afrontar situaciones de rechazo, discriminación, crueldad, violencia entre muchas otras.

Por el contrario, tenemos el derecho y la obligación de presentarles nuestra propia alternativa a toda esta realidad, basada en la empatía ante la crueldad, el amor ante la injusticia y el respeto mutuo ante el individualismo que nos corrompe el alma.

Diario de un náufrago a 13 abril 2021 segundo año de la pandemia. Por cierto, escrito en martes y 13. Espero que no traiga consecuencias.

El callejón de los olvidados.


 

Hoy mi deseo es aportar luz a algo que durante algún tiempo convive conmigo, es el sentimiento de que cada vez existe mas desarraigo en la tercera edad.

Si, es cierto que la expectativa de vida “saludable” por lo menos hasta hace un año había crecido exponencialmente. También es cierto que los medios que podemos tener para procurar una vejez aceptable son cada vez mejores.

Sin embargo, camino por mi ciudad y supongo que en la mayoría de las demás ciudades pasara lo mismo, veo personas ancianas solas, sentadas en los bancos a uno y otro lado de la calle.

En la actualidad y desde hace poco yo vivo solo , me descubrí comiendo en una terraza, ahora que ya es posible de nuevo. Era una terracita pequeña, poco aforo, apenas seis u ocho mesas. Estaban repartidas y preparadas para la restauración a medio día. Al llegar, pregunta clásica, ¿Cuántos van a ser? Uno, respondo y al momento me indican que espere un instante. A continuación, en pocos minutos, preparan una mesa en un callejoncito a un costado de la cafetería. Cuál es mi asombro que amplían dos mesas mas en el mismo callejón para al menos otros dos comensales solitarios.

Esta sensación de comer solo ya me acompaña durante bastante tiempo en mi vida, pero a ella ahora se añade la de sentirme apartado, casi como escondido.

Poco mas tarde aparece una señora mayor que la indican se acomode en la mesa posterior a la mía. Mas tarde aparece un caballero también de edad que se acomoda en la tercera y así de a poco hemos completado el callejón de los solitarios.

Cuando tenia ocho años, mis abuelos vivían en casa con mis padres y conmigo, de esa época recuerdo a mi abuelo contando historias que me hacían vibrar de emoción y la voz de mi madre pidiéndole que tuviera cuidado porque algunas se escapaban un poco a mi edad. Lo cierto es que mis abuelos fueron una parte importante en la formación que he recibido y estoy convencido que ellos lo sabían y eran conscientes de su valía.

Ahora hemos sustituido a los abuelos por el Google y su buscador nos proporciona todos los datos que necesitamos y muchos más que no necesitamos y en vez de formarnos nos deforman.

Hemos sustituido la relación abuelos - nietos por el IPad y el WhatsApp. Nos hemos vacunado contra la afectividad y esa vacuna si que es agresiva y sociopática.

Hemos convertido a nuestros mayores en seres sobrantes de stock. Negándoles un sitio que por derecho tendríamos que ofrecerles. Estamos dilapidando un conocimiento antiguo por no darlos el espacio y la importancia debida.

Les ofrecemos viajes, les ofertamos múltiples entretenimientos que llenen las horas de vida que les quedan, pero los aparcamos en residencias donde ocultamos nuestro sentimiento de culpabilidad. Sitios a veces inhóspitos e inadmisibles donde todo el mundo mira hacia otro lado.

Esta pandemia ha sido dura y ha mostrado las debilidades que como sociedad de progreso nunca sospechamos que podíamos tener. Ahora es el momento de tomar decisiones tanto a nivel de sociedad modificando las instituciones, haciéndolas mas inclusivas y mas humanitarias, como a nuestro propio nivel personal cambiando actitudes y patrones de conducta hacia aquellos que por su edad y su conocimiento de vida bien merecen sentirse útiles. Encontrémosles entre todos un hueco digno.

Diario de un náufrago en el 17 de Marzo de 2021, año segundo de la pandemia

La vida ha cambiado

 


Sí. Aunque no lo notemos, aunque peleemos por negar y decir lo contrario, esta situación nos está cambiando.

No solo desde fuera, por las normas de confinamiento más o menos estricto. Si no desde dentro, desde lo nuclear, desde ese lugar oculto donde grabamos nuestras convicciones y nuestras creencias. Desde ese lugar donde en según que casos ni siquiera nosotros mismos poseemos la llave para acceder.

Últimamente he pasado por tres vivencias, de personas cercanas, a veces familia o casi que según su conversación o su propia actitud así me lo han explicitado.

Nos hemos vuelto hacia dentro, esto tiene una parte sana porque nos ayuda a conectar con nosotros mismos, pero a la vez contempla un peligro y es que según de que manera nos individualiza y aleja de la realidad.

Así he tenido la ocasión de ver que personas antes abiertas y extrovertidas ahora se alejan del contacto aún visual y telefónico, se aíslan y cada vez se muestran de forma mas huraña. Aparentan que se encuentran bien y sin embargo su actitud, su voz e incluso su conversación trasmiten tristeza e incluso una pena profunda.

Otros ya de por si viviendo en una alerta constante se encuentran confinados por ellos mismos, desconfiando aún de sus propios medios para evitar conectar y contagiarse. Transmiten angustia y stress difícil de controlar que algunas veces se muestra en agresividad para su propio entorno.

También los hay resignados ante la situación, directamente abandonados a su implacable destino como si su dios omnipresente ya hubiera designado su fecha de contagio y partida.

Por último, están los contrafóbicos, perdón, los negacionistas que niegan la mayor. Podrían estar ante la torre de cadáveres apilados en las calles como sucedió en mas de un país, daría lo mismo. No existe peor ciego que el que no quiere ver.

En todos ellos hay y perdura ya durante mucho tiempo el miedo existencial. No solo el miedo a enfermar y a morir. El miedo que subyace es el miedo a no seguir viviendo, a no recuperar nuestra forma de vida, porque esto es lo que se intuye. Que la vida ya no va a ser la misma. Esto seria de agradecer que se dijera con honestidad desde las instituciones que tanto velan por nuestra seguridad.

Hace poco mi hija me hizo reflexionar sobre esto al salir de su colegio. Íbamos de vuelta en el coche y se quitó con desgana la mascarilla, manifestando su hartazgo por llevar su pequeña nariz tapada tanto tiempo.

Lanzó la pregunta al aire como suele hacer ella, así como si no esperara respuesta. ¿Algún día podremos volver a ir sin mascarilla? ¿Podre jugar con otros niños y verles los ojos y la boca?

Tragué saliva y tomé aire para tomarme un momento de reflexión. En este momento pude conectar con tantos instantes en mi vida donde necesité ver las expresiones de los demás para comprender y empatizar con ellos y tuve conciencia de lo que nos había sido vedado. También tuve la necesidad de ser honesto con ella y conmigo mismo dejando aparte mis miedos y gestionando mi enfado con la situación que vivimos.

Mi contestación fue escueta y lo mas honesta posible. Sí, pienso y deseo que, si podremos ir por la calle sin mascarilla, pero sabes tendremos que acostumbrarnos a llevarla con nosotros y posiblemente la tengamos que utilizar en locales cerrados, en medios de transporte o donde haya aglomeraciones de personas, máxime cuando estemos acatarrados o con síntomas de alguna enfermedad.

Mi hija contesto al punto, vale, pero así cuando juegue con ellos en la calle podré verlos sonreír.

Diario de un naufrago en el 20 de febrero de 2021, año segundo de la pandemia